Desgranando “La vie d´Adèle” (3ª parte)

La Passion d´Adèle

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Confieso sufrir indiferencia ante la mayoría de las películas que veo. Es tan frustrante como inevitable. Cuando es un “clásico” el que pasa desapercibido delante de mis ojos, la decepción se acrecienta aún más. Puedo leer explicaciones más o menos enrevesadas del filme, e incluso ofrecerle un revisionado, pero es inútil. Los defectos de la primera cita, y mi sensación de impotencia con ellos, no harán más que acrecentarse. Hay excepciones, claro está, más aún teniendo en cuenta que disfrutar de una película depende en gran medida de nuestro estado emocional y vital, pero son las menos.

En cambio, de otras películas me quedo prendado. Aquellas de cuyo mundo me niego a salir horas después de su último fundido en negro. Que me hacen buscar compulsivamente el placebo que puede resultar la conversación de quien las haya visto –y recomendarla a quienes no lo hayan hecho–. Es lo mismo que me ocurre cuando vuelvo de unas espléndidas vacaciones o si pierdo la compañía de un ser querido. Que haré lo que esté en mis manos por saborear de nuevo ese placer, por homenajearlo con un revisionado, quizá la más romántica y melancólica de las experiencias que tienen cabida en el cine.

Pues bien, como ya avisé, “La vie d´Adèle” era digna del mismo. Aún muchos detalles y potenciales experiencias estaban esperando a ser descubiertos. Si lo que más captó mi atención laprimera vez fue la evolución de la relación sentimental entre Adèle y Emma, en esta ocasión fue el proceso de maduración personal que sufre Adèle a lo largo del capítulo uno de la película. Analizado ya globalmente el material de Abdellatif en el primer contacto, conociendo cómo unos y otros hechos afectarían a Adèle en el futuro, pude exprimir al máximo el significado de los acontecimientos que van determinando su paso de adolescente a adulta. Lo más maravilloso es que, una vez más, consiguió transportarme a su piel y sonsacarme cuáles fueron los hechos que marcaron el mío. Que haya sido capaz de ofrecerme un segundo crucero que de nuevo pare por capítulos de mi vida y que estas paradas sean tan diferentes a las del primero es un magnífico logro.

Conocer la personalidad de Adèle es el primer reto que Abdellatif nos plantea. Ya sea por el título de la película o porque la cámara se centra en ella desde el principio, nos queda claro que nuestro primer campo de batalla va a ser descubrir qué se esconde tras este personaje. Y no es tarea fácil, pues en todas las esferas en las que se mueve la protagonista vemos cómo se va dejando llevar por el ritmo de la vida, no siéndonos posible leer qué se mueve dentro de ella. Es así, en “silencio”, como asume las lecturas en clase, salir con Thomas y, en general, su día a día. Vemos a Adèle dormir en no pocas ocasiones en este primer tramo de metraje; entiendo en ello un excelente recurso para, a la par que irnos sumiendo en la cotidianidad del filme, reflejarnos de otro modo su personalidad dormida.

La crisis acaba por llegarle. Está harta de actuar en el guión que ha dejado que le escribieran. Empieza a caer en la cuenta de que ninguno de los ambientes en que se mueve encaja con ella. Se está despertando y lo va a hacer con el espectador, quien, viendo a la protagonista embarcarse en su misma empresa –descubrirla–, acaba de alcanzar una total identificación con ésta que va a perdurar hasta el final de la proyección.

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Es curioso cómo normalmente nos lleva mucho más tiempo definir los problemas que darles solución. La mente se nos abre y las oportunidades aparecen. Rápidamente nos acogemos a una, ésta nos lleva a otro abanico de posibilidades, y así sucesivamente, hasta que, por ensayo y error, acabamos sorprendidos de ver cómo un tortuoso camino ha acabado por ser el correcto. La primera estación de Adèle es una joven de uñas y anillo azules. La ruta ya está marcada. La frustración de este fallido primer recurso acabará por arrastrar a Adèle a la discoteca en que conoce a Emma. Y Emma, a resolver con éxito el primer capítulo de su vida.

Ella contrasta brutalmente con todo lo que hasta ese momento Adèle y el espectador se habían encontrado. El elemento más diferenciador que aporta esta homosexual de pelo azul que estudia Bellas Artes es, a pesar de las apariencias, que la trata como una adulta, que la cuida, que se ríe con ella y que se interesa por conocerla. Enamorarse de Emma es inevitable y también la solución definitiva; Adèle lo ha conseguido, al fin ha encontrado algo que ama. Un precioso juego de miradas es el preámbulo perfecto para un beso que desembocará en su primer encuentro sexual. En él se desata toda la fuerza vital de Adèle, dejando definitivamente atrás aquel pusilánime ser que dormitaba. Nos encontramos ahora ante uno que aspira a todo, “capaz de pasar de 15 a 4 según el profesor” o “de, siempre que no sea marisco, devorar cualquier comida”. El crecimiento de Adèle es exponencial, y no tardará en descubrir en qué quiere basar el resto de su vida: en Emma y en la enseñanza. Sus dos pasiones.

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El nuevo color que adquiere su vida será cada vez más y más incompatible con la paleta de la previa. Tratará de retrasar tanto como pueda este enfrentamiento, de conocerse y seguir sus pasiones sin que en ello interfiera nadie más que ella, pero la tragedia llegará. Y entonces habrá de elegir. Asistimos tan solo parcialmente a esta confrontación en la pelea dialéctica y física que mantiene con sus amigas, y presuponemos la que inevitablemente habrá de lidiar con sus padres –retratados como el contrapuntoa los tolerantes progenitores de Emma–. Defraudará a unos y, en cambio,complacerá a otros. Sin embargo, no será más que la congruencia que guarde esta decisión con sus más personales pasiones la que marque lo acertado de su elección.

Menos de un minuto del segundo capítulo nos basta para saber que Adèle ha seguido los dictámenes de su corazón, triunfando del todo en el primer capítulo de su vida. No obstante, en ese mismo minuto empezamos a sospechar que algo empieza a fallar con Emma. En el enésimo juego de contrastes de la película, pasamos de una apasionada escena de sexo a una Adèle silenciosa e inmóvil que, entregada, posa como modelo para la obra pictórica de su novia. Perdida en el universo profesional de ésta y falta de sus muestras de cariño, un puñal atraviesa su corazón y el del espectador cuando Emma le reprocha su (falsa) renuncia a vivir apasionada. Se desarrolla durante la última hora de película el éxito artístico de Emma, indisolublemente ligado a su fracaso personal –se reconoce derrotada (metafóricamente) en su nueva relación sentimental–, y la batalla de incierto final de Adèle por no seguir sus pasos.

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Información del autor: Miguel García-Boyano es un cinéfilo amante del cine dentro del cine. Proyecto de médico por la prestigiosa Universidad Complutense de Madrid. La definición más acertada que puede dar de sí mismo es a través de tres de las películas que más vueltas le han hecho dar a su cabeza: “It’s a wonderful life” (Frank Capra, 1946), “American Beauty” (Sam Mendes, 1999) y “La vie d’Adèle” (Abdellatif Kechiche, 2013).

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