Desgranando “La vie d´Adèle” (2ª parte)

Carta de amor a los finales abiertos

Querido Abdellatif Kechiche:

La condición humana nos hace desarrollar una búsqueda más o menos consciente de aquello que nos agrada. Eso me ha pasado con “La vie d´Adèle” y contigo, así que, tras ver tu última obra, he tenido que ver toda tu (corta) filmografía. Como el revisionado de “La vie d´Adèle” es obligado, pensé que sería un buen método para disfrutarlo aún más de lo que lo haré.

Sólo dos palabras permiten comprender tu cine: “neorrealismo italiano”. Tu temática realista centrada en lo amargo del día a día de las clases más desfavorecidas y de intención social, la sobriedad técnica, la sencillez de los diálogos y el reparto plagado de actores no profesionales me dan la razón. Difícil no darse cuenta con el guiño a “Ladrón de bicicletas” que haces con el robo de la motocicleta en “La graine et le moulet”. Si te acercas por Sundance no te extrañe que los que se autodenominan indies te quieran incluir entre los suyos, o que incluso te consideren representante del Mumblecore o del Dogma 95, pero por lo poco que te conozco creo que preferirás apuntarte al club de Vittorio y compañía.

Guionista de todas tus películas, y con la aspiración realista ya expuesta, inevitablemente logras un material muy personal. Te veo crecer en el barrio de “L´esquive”, formar parte de la familia de “La graine et le moulet” –gran tributo el que haces a tu padre– y sufrir una ruptura amorosa como la de Adèle. Es por eso que, en mi opinión, “Venus noire” es el único paso atrás que das en tu maduración artística. Siglo y medio atrás, otra cultura, otro idioma… Demasiadas trabas para desarrollar tu estilo. En definitiva, cuanto más de tu experiencia vital nos das a conocer, más enteros gana tu obra.

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A nadie se le escapará al visionarte que aspiras a la sensibilización con la clase social más humilde, fruto de tu propio origen; no en vano, los protagonistas de tus tres primeras obras son inmigrantes árabes en Francia y la “Venus noire” es una esclava africana de “tour” europeo. Siento decirte que conmigo no lo conseguiste. Creo que te faltó sutileza, que caíste en el dramatismo, en el maniqueísmo como recurso fácil. Y eso, en el realismo, se paga. Ejemplos de ello son el final de “La faute à Voltaire”, la actuación policial en “L´esquive”, los invitados no árabes de la cena de “La graine et le mulet” o los médicos en “Venus noire”. Sólo me conmueves en “La vie d´Adèle”, cuando por primera vez dejas que una historia fluya por sí misma. Oí decirte que después de “Venus noire” querías hacer una historia llevadera, alejada del dramatismo, y que sin quererlo se tornó en lo opuesto. Pues ya sabes para la próxima…

Si algo llama la atención de todos los premios que tus películas han cosechado es el gran rendimiento que eres capaz de obtener de actrices noveles. Sara Forrestier (“L´esquive”) y Hafsia Herzi (“La graine et le mulet”) obtuvieron el César a actriz revelación en sus primeras actuaciones en la gran pantalla y el trabajo de Adèle Exarchopoulos que, si bien no era el primero, sí su primer gran papel le llevó a conseguir la Palma de Oro. Más flojos son, en mi opinión, los trabajos de Sami Bouajila (“La faute à Voltarie”), Osman Elkharraz (“L´esquive”) o Yahima Torres (“Venus noire”), fríos, incapaces de trasladar sus emociones al espectador. En los dos primeros casos no sé si responde a una no muy acertada interpretación o al carácter taciturno con que dotas a tus protagonistas masculinos (también presente en la interpretación de Slimani [“La graine et le mulet”] por parte de Habib Boufares), proyección quizá de tu propio carácter.

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La longitud e intensidad que consigues en muchas de tus escenas es sorprendente, y sólo les hallo explicación en tus excelentes dotes como director. Me ocurre que, cuando pruebo a comparar una actuación “x”, por muchos premios que haya recibido, con algunas de las que has dirigido (las de Adèle Exarchopoulos, Hafsia Herzi o Habib Boufares) acabo encontrando la primera sobreactuada. Me cautiva ese método tuyo, en que la improvisación y el desconocimiento del público hacia tus intérpretes juegan un papel esencial, y que hace que vuelva a ser un niño y olvide que sólo son actores lo que tengo ante mis ojos.

Los primeros planos que usas en “La vie d´Adèle” he visto que no son algo casual, sino que constituyen una auténtica marca de la casa. Los he experimentado como lo hice con la pantalla partida en “The tracey fragments”, al principio un poco perdido, pero, a medida que transcurrían los minutos, lo que hacía era echarlos de menos si no estaban ahí.

El uso de la música había de hacerse con mucha cautela para evitar romper el clima documental, lo que solucionas incluyéndola en ambientes reales en que sería posible escucharla. Aun bajo tal premisa, eres capaz de convertir casi cada escena con música, sobre todo si hay baile de por medio, en un momentazo. De todas ellas, como no podía ser de otro modo, me quedo con la danza del vientre de “La graine et le mulet”, que intercalándose con el maratón del padre dota de un ritmo frenético a los últimos minutos del filme. ¡Excelente trabajo de montaje! Cinco días se machacó así de bien Hafsia Herzi con esta escena delante de las cámaras, para lo cual le hiciste no solo engordar quince kilos, sino también aprender de cero este baile. El esfuerzo se recompensó con creces, pues su ascenso en el mundo del cine ha sido vertiginoso a partir de aquel papel; además, quisiste dejar que nos recreáramos aún más en sus movimientos ofreciéndonos el extra “Sueur”.

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Otro punto muy comentado en todos y cada uno de tus trabajos es su larga duración, lo que se explica por el deseo de envolvernos en lo cotidiano, en la realidad del personaje. Una de las normas básicas y más antiguas a la hora de escribir teatro es la de no incorporar elementos que no tengan significado en la trama de la obra. Tú te la saltas, pero a conciencia. Y es jugar con fuego. Para alguien poco motivado, escenas largas y aparentemente poco útiles a la trama como la de la comida familiar de “La graine et le mulet”, la de sexo de “La vie d´Adèle” o las repetitivas humillaciones que sufre la “Venus noire” son la excusa perfecta para tacharte de tedioso. Yo creo que depende. Si bien conseguiste que tomara parte de la comida familiar y de la pasión entre Adèle y Emma o que sintiera verdadera repugnancia con las vejaciones a la “Venus noire”, y esto es un logro a valorar, no supone por sí mismo suficiente justificación. En el ejemplo de la “Venus noire” no acabo de encontrar el beneficio de presenciar tanto maltrato. La forma de experimentar todas y cada una de las humillaciones son prácticamente similares tanto por la protagonista como por quienes las disfrutan o ejercen; y, por tanto, tampoco yo cambio en mi manera de relacionarme con ellas, lo que supone que no me has enseñado nada nuevo, que has fracasado. Si a ello le sumas una historia sin apenas giros argumentales, es casi inevitable no caer en el aburrimiento.

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En cambio, creo que en los otros dos casos tal inversión de minutos sí dio fruto, y abundante, a la larga. Así, cuando llega la tensión al restaurante, gracias a que has dejado previamente descritos los puntos débiles y fuertes de los distintos personajes más o menos sutilmente – con sólo ver comer cuscús a Rym veíamos definido su fuerte carácter –, me adentro más aún en la trama y en la lucha del padre por encontrar quien tome su testigo en una generación en que aparecen representadas muy diversas actitudes humanas ante la vida. En cuanto a Adèle y Emma, el brutal cambio que sufre con el paso de los años esa pasión sexual busca y consigue brillantemente ser un reflejo más del deterioro global que ha sufrido su relación sentimental.

Siempre me ha sorprendido cómo una película totalmente incomprensible o aburrida durante el grueso de su proyectado puede llegar a captarme con tan solo unos minutos de inspiración, los del final, y dejarme reflexionando sobre ella horas después de haberla visto tratando de encontrar un significado a todo lo que antes no había entendido qué me quería decir –“Mulholland Drive” me parece un gran ejemplo. Gran parte del encanto que encuentro en el mundo del cine es este, encontrarle significado a lo que has visto, compartirlo y, con un poco de suerte, aprender alguna leccioncilla vital. Diciéndote esto sólo quiero recalcarte lo importante que creo que es un final redondo. Ahora bien, en mi opinión, hay un nivel más allá, y éstos son los finales arciformes, es decir, redondos, pero abiertos. Y es que la vida son un número más o menos grande de aventuras con finales abiertos; incluso cuando morimos, el legado que dejamos es incierto. Dicho esto, encuentro mucho más motivantes los finales que das a “La vie d´Adèle”, “L´esquive” y “La graine et le mulet” que los de “Venus noire” y “La faute à Voltaire”, y puede que la razón se encuentre precisamente en este aspecto que te resaltaba, en que son abiertos. Me entró vértigo cuando me enteré de que decidiste no matar al personaje de Adèle sólo poco antes de terminar el rodaje, y también encontré curioso que, acabado su montaje, decidieras volver a rodar el final de “L´esquive”. Menos mal.

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Invitándome a pensar en cómo continuará la historia puedo sentir cómo los personajes, y yo con ellos, aprendemos de la realidad que ellos han vivido y yo he visto y a partir de ella cambiamos nuestro modo de relacionarnos con el mundo ficticio/real para, finalmente, encontrarnos ambos en una situación mejor respecto a la que estábamos al comienzo de la proyección. Así, Adèle superó su ruptura y se encontró dispuesta como nunca a ofrecer su pasión; Rym tomó el relevo generacional de su padre, quien, en una magnífica metáfora, entrega la vida por su familia; y Krimo aprendió que más vale andarse con cautela en esto de la conquista amorosa. Y yo lo hice con ellos, en la ficción al menos, pero lo mejor de todo es que, con un poco de suerte, si llega la ocasión, puede que ellos lo hagan conmigo en la realidad.

El material que me ofreces es de corte dramático y realista y es por eso que agradezco todavía más esta libertad creativa que me permita huir a un hipotético final feliz, pues siéndote sincero, no hay filme alguno que me haya entusiasmado si no he podido encontrar en él un motivo para sonreírle a la vida en su final. Porque la película de nuestra vida tiene un final –hipotético por el momento– feliz.

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En fin, que “La vie d´Adèle” es una de esas razones por las que amo el cine, ya que consiguió que me realizara emocionalmente, razón por la cual forma parte de ese restringido elenco de películas que me dejaron huella. Y que “sólo” por haberla dirigido me resultó inevitable conocer tu obra más a fondo, y asimismo sentiré como una obligación ir a ver tus próximos estrenos. Espero encontrarme en ese camino con más lecciones de cine y de vida, como lo fue “La graine et le mulet”.

Sólo me queda darte las gracias por esos momentos en los que abriste tu corazón de par en par al espectador.

Información del autor: Miguel García-Boyano es un cinéfilo amante del cine dentro del cine. Proyecto de médico por la prestigiosa Universidad Complutense de Madrid. La definición más acertada que puede dar de sí mismo es a través de tres de las películas que más vueltas le han hecho dar a su cabeza: “It’s a wonderful life” (Frank Capra, 1946), “American Beauty” (Sam Mendes, 1999) y “La vie d’Adèle” (Abdellatif Kechiche, 2013).

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